La gran ficción es la tierra firme

 

Durante una tertulia virtual en estos días, algunos amigos comentaban algo que uno intenta transmitir a los europeos siendo suramericano. Vivir en el mundo civilizado transmite una falsa sensación de seguridad. La planificación, las garantías y los derechos son sin duda grandes logros, pero la gran ficción es la tierra firme. La verdad es que nadie tiene nada asegurado.

El bienestar y el progreso son los deseos que todos los países deben tener para con sus ciudadanos, pero nos pueden colocar en un sitio menos adecuado para improvisar, para sobreponernos a situaciones excepcionales como las que estamos viviendo. Vivir en el primero o en el segundo mundo, nos puede hacer olvidar que la naturaleza lleva la batuta en este concierto. En otras latitudes en cambio, siempre sobrepasa; quizás con demasiada frecuencia.

Si alguna cura tiene que aportarnos esta situación es la de humildad. Ningún gentilicio, profesión o persona está exenta de que le toque. Ricos y pobres lloran a sus muertos. Debemos replegar velas y volver a nuestro estado básico de humanos y punto. Hacer de la palabra realmente un adjetivo, incluso un verbo que ya existe: humanarnos.

Hay cosas que nos superan. Aceptarlo es poner a trabajar al alma intangible, al espíritu, a la fuerza que nos hace sobreponernos y que es la que más puede ayudarnos. Pero hay que cultivarla, sacar esa fuerza vital de sus escondrijos.

No es momento de buscar culpas. Eso también hay que aprenderlo en estos días. Esto ha pasado como pasan muchas tragedias, sembradas por la estupidez, que ha demostrado ser más peligrosa que la maldad.

Es el instante de vibrar todos en la misma frecuencia. Ya habrá tiempo para la responsabilidad y lo primero es asumir la propia. Todos hemos cometido imprudencias antes de que nos obligaran a recluirnos. Pero nadie quería contagiarse y ese es el máximo común divisor, el número que reparte sin dejar residuo alguno.

Esa sensación de inmunidad que hemos sentido frente a la desgracia ajena ha acabado por convertirse en la prueba más evidente de nuestra debilidad. Lo que nos ha llevado a subestimar aquello que ya estaba pasando en otras latitudes.

Paradójicamente, cuanto antes nos demos cuenta de lo vulnerables que somos todos, antes seremos más fuertes. Entregarse no significa dejar de luchar, significa bajar la cabeza para levantarla mejor, con un mayor grado de conciencia.

Somos papelitos llevados por el viento, gotas de agua en el océano inmenso. Lejos de angustiarnos, este pensamiento debe darnos fortaleza, consuelo para no sufrir inútilmente. Somos gotas, pero somos muchas gotas y creamos mareas y olas. Debemos experimentar con cada fibra que somos iguales, que sentimos lo mismo en lenguas diferentes.

La batalla por ganar es la de las buenas energías, esas que crean pensamientos que caminan en una misma línea hacia lo que nos ha paseado por la historia en este planeta del que somos huéspedes recientes: nuestra capacidad para adaptarnos y seguir luchando hasta el último aliento.

Hay que colocarse donde nos dé la luz. Perfumarnos el alma y echarnos cremas, aunque ahora mismo, llegar a tener arrugas no parece una mala perspectiva.

Verónica van Kesteren

Ilustración: Ignacio Hildebrandt

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